jueves, 26 de enero de 2012

UNA DE PIRATAS, EN CARNAVAL

Laureano era callado. Nunca protestaba. No contradecía, no peleaba… nada. Era muy vergonzoso.
Cuando quería decir algo, se mordía los labios y esperaba a que se le pasaran las ganas nomás.
Tenía miedo hasta de hablar…
Y así, en silencio, llegó febrero. Y con febrero, el carnaval.
Donde vivía, el carnaval duraba todo el mes. Por eso, era su mes preferido. Y también el de todos
los chicos y chicas. Se disfrazaban, jugaban con agua y se quedaban hasta la madrugada
escuchando las murgas cantar.
Laureano, se disfrazó de pirata… como en todos los carnavales, porque su mamá no sabía cómo
hacerle otro disfraz. Así que se lo puso y allí nomás se transformó en el pirata gritón. Armó su
barco con sillas y comenzó a navegar en busca de los tesoros de su isla.
– ¡Laureano! –llamó su mamá–. ¡Vamos, que el corso ya comienza!
Laureano saltó las sillas, que hasta hacía segundos eran su gran barco, para correr hacia donde
estaba su mamá. Sin pronunciar una sola palabra caminaron juntos hasta el lugar en el que todos
los vecinos se reunían. Todos cantaban, reían, gritaban. Él no. De pronto se chocó con alguien. Se
dio media vuelta y vio a una gitana.
¡Qué graciosa! Toda pintarrajeada, con un lunar en el labio, las mejillas muy rojas.
Pero no la conocía. No era ninguna de sus vecinas. Casi se larga a reír a carcajadas, pero no se
animó. No le habló. Ella tampoco lo hizo. Igual se tiraron agua, igual se miraron. Y juntos… se
callaron.
–Ya es tarde, hijo. Tenemos que volver –dijo su madre. Y sin mediar palabra, el pirata fue separado
de la gitana.
Al día siguiente Laureano se puso su traje de pirata con más entusiasmo. Quería que llegara la
noche para ir al corso y encontrarse con su amiga la gitana.
La noche llegó. Sus ojos miraban a todas partes pero la gitana… no estaba.
Empezó a preocuparse. Pensaba que si le hubiera hablado, ahora sabría por qué no estaba allí,
dónde vivía o qué cosas le gustaba hacer. Ni siquiera sabía su nombre. Se sentía un cobarde por
eso.
Entonces escuchó a doña Pocha, la vecina, contándole a su mamá que Lucía, su sobrina, la había
visitado el día anterior.
–Mi sobrina me acompañó al corso. La disfracé de gitana ¡estaba de linda! Pero… ya se volvió a su pueblo porque la mamá tiene que presentarse en el trabajo… ¡Es de calladita la nena!
Laureano se dio cuenta de que su silencio no le había permitido conocer más a esa gitana.
– ¿Pero, el año que viene, va a volver? –preguntó él de pronto, sin entender cómo esas palabras
habían salido de su propia boca.Pocha y su mamá se miraron y con una sonrisa le contestaron juntas con un simple movimiento de cabeza: – ¡Sí!
Autoras: Ruth Chackiel y Silvia Finder Gam

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